
Eran como las dos y cuarto de la mañana, estaba lloviznando y me acerqué a los estacionamientos del costado de market a tapar mi bicicleta. Volví, sintonicé la radio Kioto que tenemos en la bomba en la Radio Corazón y me senté con mi compañero a mirarnos los zapatos por un rato. No pasan muchos autos los días lunes a esa hora. Somos el turno que menos vende. Pasó un poco antes de las tres de la madrugada un taxi Nissan y puso cinco mil pesos. Pagó con vales. Tiene convenio con la bomba.
Mi compañero fue al baño por unos 10 minutos, no más que eso. Cerca de las tres y cuarto llegó un Hyundai Stellar color gris con tres jóvenes arriba. Estoy seguro que eran tres. Sólo habló, y muy poco, el que conducía. Era pequeño, algo masiso, usaba el pelo corto y una parka de esas de colegio marca Resignol. El que iba sentado en el puesto del copiloto y el que iba en el asiento trasero no dijeron nada. Ninguna palabra, como si no respiraran, como si miraran a la nada. Demasiado serios. Supongo que pensaban demasiadas cosas. Cuando comencé a echar la bencina ni siquiera me miraron. Nada. Tengo la certeza que esos tres se conocían mucho, quizás demasiado, más de lo necesario. Algún problema debió haber entre ellos, tal vez venían de atropellar a alguien o de fallarle demasiado a un cuarto integrante del grupo. No sé. Pero que venían de hablar algo demasiado importante, nadie me lo quita de la cabeza.
El conductor pagó con un billete nuevo de diez mil. Le di cuatro mil de cambio. Tres en billetes de mil y dos monedas de quinientos pesos. Me demoré en entregarlo y no tuvo problema en esperarme. Luego de eso se fueron en el más absoluto silencio y sin ninguna prisa aparente.
Después de que volviera mi compañero vimos llegar a unas niñas que venían a comprar cigarros y Redbull con las que tendríamos un pequeño problema, ya que ellas no entendían que no podían fumar mientras estuvieran en la estación. Después de eso pasaron algunos autos nada de lujosos. Un par de taxistas conocidos y un furgón de una compañía telefónica que sólo llenó con aire sus neumáticos. Cerca de las 5 de la mañana vi pasar el Hyundai con los tres tipos silenciosos. Esta vez el conductor venía solo. Yo no lo atendí, fue un colega, y eso me dio tiempo de observarlo con un poco más de atención. Fue curioso. Igual que antes. Como si los otros dos estuvieran ahí sin existir, concentrados en si mismo, mirando nada, pensando demasiado. Sin música, silenciosos y cautos. Echó tres mil, lo que encontré raro ya que hacía pocas horas había echado seis mil. Quién sabe cuanto manejó durante ese tiempo. Luego se fue y sería. Nada más hasta el cambio de turno a las ocho. No sabría decirle nada más, no me fijé en su patente.