Hacía ya diez años que no visitaba la ciudad donde había nacido. Todo estaba tan cambiado... Aunque la esencia de su infancia seguía allí, intacta. Ya nadie se acordaba de él, tan solo era un mero recuerdo, muy vago, que le relacionaba con la tragedia de tantos años atrás.
Caminó tranquilamente por las calles en las que tantas veces había jugado. Se acordó de sus antiguos amigos: de Ignacio, de Jorge y por supuesto de Fernanda y de la última vez que se vieron. Ellos entonces tenían quince años. Pablo consiguió declarársele y esa misma noche se dieron su primer beso. Eso sí que no lo olvidaría jamás... Ella había dejado de llevar el pelo largo hacía tres años, así que se había cortado el pelo a su gusto, y su cuerpo se hizo más esbelto, con aquellas largas piernas de porcelana que tantas veces había deseado él. De pronto, el sonido de una bocina despertó a Pablo de sus recuerdos y le hizo mirar hacia su derecha. Se encontraba en frente de su vieja casa, ahora en proceso de demolición para ser destinada a un bloque de departamentos. Pensó que ya que estaba allí, quizás podría ir a ver a Fernanda. Creía recordar que todavía vivía en casa de sus padres. Caminó con lentitud hacia allí, pensando en qué le diría cuando le viese y si podría besarla como la última vez.
Llegó a la gran entrada de aquella casa, más parecida a una pequeña mansión, y llamó a la puerta. Aquello sí que no había cambiado en nada. Todo estaba igual: el césped, la fachada, e incluso las estatuillas del jardín. Salió una mujer algo mayor. Cuando se acercó, Pablo la reconoció, era la madre de Fernanda. Él preguntó por su hija. Se presentó sólo como un viejo amigo, así que ella no se percató de quién era. Entraron en la casa e hizo que el hombre esperase en la sala de estar, que apenas había cambiado en la decoración. Enseguida apareció ella. Estaba radiante, a pesar de que iba vestida con un buzo. Su madre los dejó solos y la joven se acercó a él tratando de recordar.
Después de haberse presentado, Pablo se dio cuenta de que ella no estaba tan emocionada como se esperaba. Subieron a la todavía rosa habitación de Fernanda y allí entablaron la típica conversación de “Qué tal te han ido las cosas”, y todo eso. Ella quizás estaba algo distante. Llevaban ya una hora de Conversación cuando Pablo intentó besarla. Ella se resistió y le recordó que ya no eran novios. Aún así, él la forzó un poco. Veía su cuerpo frágil y bello y la estaba deseando cada vez más. La acercó con tanta fuerza hacia sí que le rompió la camiseta blanca que llevaba. Ella hizo esfuerzos por taparse esos blancos y redondos pechos que estaban descubriéndose. Gritó a Pablo que la dejara, pero él la veía tan indefensa que no pudo evitar tumbarla en el suelo y ponerse encima. Fernanda gritaba y gritaba, pero su madre hacía rato que había salido a comprar. Él la violó repetidas veces, violentamente, flagelándola y dejándola casi inconsciente... como hacía diez años. Miró la escena desde arriba: ella tendida en el suelo, desnuda y con la ropa hecha pedazos, tan frágil... De ésta manera, Pablo se sentía poderoso, aunque en realidad no fuera más que un cobarde repugnante... En aquella otra ocasión, Fernanda no se atrevió a delatarle y simplemente se limitó a decir que la violó un encapuchado.
Pablo se puso de rodillas y le besó bajo el abdomen. Ella se contrajo un poco y le dijo:
-Dime Pablo ¿Cuándo vas a crecer?- Entonces él se puso en pié y observó la cara de repugnancia que ponía su víctima. Abrió los ojos de par en par y se percató de lo que había hecho otra vez. Cobarde, huyó de nuevo, pensando que quizás así desaparecerían los recuerdos de sus maldades. Pensaba que toda la culpa era de ella.
-Sí, la culpa es suya, por ser tan bella, por provocarme. Si no fuera tan guapa no habría pasado esto. Todo es culpa suya...- Y se fue de nuevo, cobarde, gallina, asqueroso.
Buenísimo. Si lo mandai al FPPL, lo publicamos de inmediato.
ResponderEliminarSaludos :)
No, gracias. Se quedan en mi blogsito piruja nomás.
ResponderEliminarIgual gracias por considerar