jueves, 29 de julio de 2010

Que Ves?



Caminar por ese laberinto de calles, con pasajes idénticos al anterior y con olor a decadencia no es muy saludable. Arrastrando las patas. Cagado de calor y con un negro cerrado hasta al cuello que se te pega en todas partes y no te deja respirar tranquilo, sin nada más que pasearte de una estación a otra, tratando de despegar la porquería de goma de la planta de tus zapatillas manchadas con cera que se te pegan al pavimento, no es gracioso. Sin embargo, así era su vida, una vida que no siempre pensó que era una porquería.
Pero en fin, para que vamos a decir que la vida es un campo de rosas… esa frase es muy tonta, porque la vida es un camino de rosas, rosas grandes y de brillantes colores, perfumes embriagadores y grandes y puntiagudas espinas… la vida es una ilusión disfrazada de cansancio. Pero no es lo que nos importa, porque él pensaba un poquito más allá que la media, que la prole.
Se catalogaba como “uno más, un extra”, un extra de una película muda y sin final cierto. Una película de los años 20’, en donde el único personaje que hablaba era el suyo, pero nadie le respondía. Así que aprendió a callarse y a escuchar, a escuchar a los demás hasta que ya no los pudo oír y la gente comenzó a no verlo y él tampoco los veía. Y así se perdió en el silencio de su mundo solitario.
Comenzó a escuchar música de grupos desconocidos, a leer tiras cómicas onda “Olafo” o “Calvin & Hobbes”, pero peores, esas que traen minas en pelota y problemas de gobierno e ingeniería genética. Llegó a jurar que viviría en un remolque en las áridas tierras de El Paso en texas y ver la bandera de méxico flameando en la plaza principal de tijuana. Solo, claro.
Caminaba por esa jungla de cemento, que cada día lo recibía con los brazos abiertos… pero que cada día le hacía más difícil que la dejara. Caliente, vacía y compleja. Repleta de gente que corre, porque en esa ciudad no se camina y tal vez esa era una de las razones por la cual a veces cambiaba el sentido de su marcha y nunca llegaba al lugar que deseaba. Esa era la explicación por la cual a veces era golpeado por alguien invisible cuando caminaba por la calle desolada y silenciosa.
Era un maniquí vivo, un muñeco de las circunstancias, un títere que se jacta de tener todo el estilo de los sin estilo y unos enorme y tristes tras unos horribles anteojos de carey.
Caminaba solo por un mundo atestado de gente, cada cual caminando solo en su propio mundo… tal vez.
Y aunque tenía un amigo, lo había visto madurar y volverse alguien completamente ajeno a su mundillo, un mundillo que en ese tiempo tenía cabida para más de una persona visible. Lo vio convertirse en una persona que se reía de sus chistes, pero que tiraba tallas de oficina, de esas hueás fomes, que se entienden entre los que están al mismo nivel de imbecilidad.
Era un misionero sin misión, un capitán sin pelotón, una persona que luchaba contra algo que cada vez distingue menos: su personalidad y seguridad.
Cuando tenía 13 años era el hueón más contento del planeta, tenía ángel, era rubio y sonrosado, las culebras caminaron el día en que él nació. Era un florero con flores plásticas nuevas, de esas que tienen hasta olor…, pero pasó el tiempo y se dio cuenta que ya no le bastaba cantar “Little Date” a todo pulmón o vender panfletos que aclaraban situaciones creadas para vender panfletos explicativos. La que un momento fue su máxima, en otro fue sólo mierda, y lo que le pareció la realidad tangible en un momento, en otro sólo se le escurrió como aguan entre los dedos.
Pero, ¿cómo llegó a esto?, ¿quién le marcó el camino tan mal?, ¿por qué los pájaros vuelan?, ¿por qué la gallina cruzó la calle?, ¿cómo es que si dios es tan sabio creo a tanta gente infeliz?, ¿cómo funciona la levadura?, todas sin respuesta, porque cuando caminas por un mundo atestado de gente y te sientes más sólo que un dedo, entonces estas y otras muchas más preguntas aparecen en tu mente.
La cosa es que, un día, doblando la esquina de alguna parte de esa jungla sin esquinas, se encontró la cosa más rara que veía hace tiempo: un teléfono blanco. De esos viejos, con rueda para marcar los números… de esos que tu abuelita del campo tiene, esa abuelita que tiene sus vacas marcadas E.S.
Estaba botado en el suelo. Un inmenso cable lo unía a alguna línea, un cable sin fin. Lo tomó y éste sonó. Sonó tan fuerte que lo soltó y rebotó en el piso y le pareció que por un momento el vacío del mundo se hizo pequeño. Lo descolgó y contestó.
¿Aló?
Hola, ¿cómo estás?
¿Quién es?
Estoy celebrando en tu honor
¿Quién es?
Alguien que no tiene idea por qué, pero cree que puede ayudarte.
¿Qué es lo que quieres?
Un dibujo, supe que lo hacías súper bien.
¿Para qué quieres un dibujo mío?
Para poder comprobar cuan buena o mala soy en este momento y romperme en odio hacia a ti si es que me superas.
Suenas convencida, ¿te estás burlando de mí?
¿Eso te gustaría?
No.
A mí tampoco… mira hacía adelante ¿qué ves?
Nada.
¿Qué ves?
La calle, edificios… una hoja de diario cruzando.
¿Qué ves?, ¿Qué ves más allá de tu nariz?, ¿Qué ves más allá de tu propia ceguera?
Por un momento le pareció ver, durante un pestañazo fugaz, mucha gente caminando.
¡¿Qué ves?!
Los flashes de gente y autos se hizo más rápidos.
¿Qué ves?
Gente… autos…
Mira justo frente tuyo, ¿qué ves?
Gente… sólo gente… mucha gente.
¿De dónde habían aparecido?… ¿desde cuando su mundo estaba siendo invadido por seres ajenos a éste?
¿Me ves?
Eres la que tiene la mano levantada al otro lado de la calle.
No lo sé… ¿cómo saberlo?
¿Cómo?, ¿no sabes quien eres?
¿Y tú?, ¿sabes quién eres?
Si, soy la persona que está frente a ti, con jeans y chaleco azul.
Eso es lo que eres, no quien eres.
Se quedó callado, pensó en que después de tanto tiempo de estar solo se encontraba con un ser despreciable que ponía en tela de juicio sus puntos de vista.
Y según tú, ¿quién soy yo?
¿Quién sabe?, si ni tú mismo lo sabes, ¿cómo lo voy a saber yo?
No me está gustando este juego.
¿Cuándo miras hacía acá?, ¿ves mis ojos?, ¿De qué color son?
No lo sé, no los alcanzo a ver.
Y, ¿por qué no cruzas la calle?
¿Por qué tendría que hacerlo?
¿Te haz dado cuenta que jamás haz cruzado una calle?, ¿qué siempre haz vagado por esa manzana?
Eso no es verdad…
¿Cómo que no? Entonces, ven y acompáñame a esta tienda.
Le indicó con un dedo el local que estaba tras ella. Él intentó dar un paso, pero algo se lo impedía, algo inmovilizaba sus pies.
No puedo.
¿Por qué no?
Porque algo no me deja cruzar, ¿por qué no vienes tú?
Porque tampoco he cruzado la calle, jamás.
¡Entonces con qué moral!
Lo siento… pero yo por lo menos veo lo que no te deja moverte y tú sólo me ves a mí a la gente que me rodea, pero no te das cuenta que en tu lado también las hay.
Ya deja de burlarte de mí, ¿quién te crees?
¡No cuelgues!, por favor…
¿Por qué no?, ¿Qué acaso no estabas tan bien sin mí y que sólo haces esto para sentirte superior?, ¡porque no encuentro nada más patético que querer medirlo mediante un dibujo!
Y colgó, y como si nunca hubiese pasado nada, como si nunca hubiese visto nada, todo desapareció y él lo olvidó todo.
Siguió caminando a través de sus largos e inorgánicos días, sin llegar nunca al lugar al cual se dirigía.
Pasando por fuera de una cabina telefónica vio algo que hace bastante tiempo había borrado de su cabeza… una paloma. La vio volar y remontarse en el cielo. De pronto el teléfono sonó, pero no era el de la cabina, sino que el sonido venía de un lugar mucho más cercano. Se puso a buscar el aparato y encontró el cable, lo siguió por varios metros, pero el ruido no se alejaba ni disminuía, cuando llegó al final se dio cuenta de que estaba en el mismo lugar en el que se había encontrado a la chica, pero para mayor sorpresa notó que el teléfono estaba dentro de su vieja mochila que llevaba colgado del hombro, todo el tiempo.
¿Aló?
Hola, ¿cómo has estado?
Bien… ¿quién es?
Yo… ¿ya no me recuerdas?
No, ¿quién es?
¿Por qué todo lo olvidas tan rápidamente?
Porque un caballero no tiene memoria.
O ¿porque en la duda no hay engaño?
Tu tono de sinvergüenza me recuerda a alguien.
Si, hablamos ayer, a esta misma hora… de hecho, te estoy mirando desde la otra orilla.
Pues no te veo.
Entonces, por lo menos mira tus pies.
¿Qué hay con ellos?
Míralos.
No tiene nada… las zapatillas tiene un poco de barro pero nada más.
¿¡Es qué jamás aprenderás a mirar un poco más allá de tu propia imbecilidad?
¡No estoy aquí para que me insultes!
Ni yo para perder mi tiempo…, si no quieres mi ayuda, está bien -. Se giró, porque alguien puso la mano en su hombro -. Pero no creas que esto te va a volver a suceder.
Nadie te pidió que vinieras.
Nadie me lo pidió, pero igual supongo que de algo me serviste… onda paso-nivel, para cruzar la calle. Me alegro de no ser tan estúpida y no darme cuenta que lo que no me deja dar un paso fuera de mi mundo es mi propia falta de seguridad y personalidad. Por lo menos yo me sacaría la porquería que tengo en la cara y que no me deja ver.
Tocó sus ojos y una cosa negra los cubría. Se la sacó a toda velocidad. Era pegajosa y brumosa y olía a duda y miedo. Cuando miró sus pies se dio cuenta que éstos también estaban cubiertos.
Levantó los ojos y se dio cuenta de que el mundo estaba vivo, pero tuvo demasiado miedo para afrontarlo solo… y se quedó allí sentado, junto al teléfono, por si volvía a sonar. Necesitaba un segunda oportunidad.
Vio pasar a muchas generaciones sin que ellas lo vieran, hasta que un día, volvió a sonar.
¿Aló?

No hay comentarios:

Publicar un comentario