domingo, 15 de agosto de 2010

En el verano el mar es más tranquilo


Me llamo Erwin Sepúlveda y este año cumplo muchos años. 8 más de los que debería tener. Este año cumplí un año También. Este año cumplí sueños; míos y de otros que también eran míos. Vi el mar y dejé que la brisa empañara mis lentes hasta quedarme nuevamente ciego y no ver nada. Siempre hay un momento en la vida que es mejor no ver y comenzar a sentir. Suena cursi y meloso. Suena a realidad y la realidad apesta. Y los sueños, lamentablemente se esfuman. Se cumplen y se van. Quedan un ratito, chico, ínfimo, casi imperceptible. Y se alejan con los recuerdos. Los sueños deberían ser eternos. La ilusiones deberían durar hasta ser abuelitos. De otra forma desaparecen para siempre cuando se alcanzan. La felicidad también. La vida es como una rueda de carreta, como un sube y baja, como un avión de papel que lleva escritos los deseos más profundos.
Mi nombre es también Erwin Sepúlveda y alcancé demasiado sueños, más de los permitidos, más de los que merecía. La vida es injusta y bella. Suave y violenta. La espuma del mar es tibia y se queda mucho rato entre la arena hasta que mis píes la tocan. El mar es como la vida porque le tengo mucho miedo. El alma es como el mar porque cuando estoy vacío me siento igual que cuando lo miro y su infinidad me consume en un vacío profundo hasta apretarme el pecho tan fuerte que muero y me ahogo en mí mismo. Cada vez que el alma parte sin mí el desamparo me vuelve un niño en tus brazos de mujer. De adulta que juega a ser una jovencita perdida que busca su lugar en el mundo. En el mar. En el vacío de él. Si supiera remar me embarcaría en el vacío. Si supiera nadar me lanzaría y exploraría el eterno vacío. Sí supiera algo, haría algo. Si supiera más de lo que sé miraría el mar con agrado, bebería de sus aguas saladas. Me haría una gran sopa de fideos en el océano y me alimentaría de él cada vez que no pueda hacerlo de mí mismo.
Mi nombre es Erwin Sepúlveda y quiero llamarme de otra manera. Quiero ser otro. Quiero ser ellos aunque me odie a mí mismo. Le haría el mal a los que no lo merecen porque así nomás es esta vida culiá que se ensaña con los que no pueden defenderse y hace que los buenos siempre ganen. Porque yo soy malo. Siempre fui el malo y este karma de mierda sólo aparece cuando uno entiende que está equivocado y comienza a redimirse, a salvarse.
Siempre que subo al metro intento mirar por las ventanas de los vagones y en la estación no veo nada que me parezca familiar. Nadie me espera en baquedano, nadie me llama en el túnel, ni en el paradero, ni camino a mi casa. Pero a veces, cuando menos lo esperas, caminando por la calle, se siente un olor o una brisa, escuchas una canción o reconoces en un desconocido un gesto, y todo se vuelve a abrir, todo regresa, como una ola.

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