jueves, 5 de agosto de 2010

5 cm por segundo


Hasta hace poco más de un año y medio, pasé la mayoría de mis fines de semana en buses, terminales, pensiones y ciudades costeras. La razón ahora da lo mismo, pero la situación dio píe para ver muchas cosas extrañas. Me pasaron muchas cosas. Sobre todo en los buses y en los terminales. Vi de todo, desde gente perdida, europeos drogados buscando valparaíso o la salida del metro; auxiliares delincuentes, mucha gente durmiendo, mucha gente que buscaba algo fuera de santiago pensando que al escapar lo encontraría y sobre todo: películas que no alcanzaba a terminar de ver. Vi todos los estrenos en un cóndor bus, películas de acción, cine arte y videos de chayane, pero nunca enteros. Mis viajes duraban casi una hora y media. Y entre que dormía un rato y el auxiliar prendía la tele en el primer peaje, jamás vi los finales. Nunca llegué a los finales.
Las pensiones eras raras, como distantes, medias lóbregas. Algunas eran pintorescas, rascas pero pintorescas, medias folklóricas como diría mi mamá. En algunas se pagaba poco, en otras mucho, en otras lo que valían, pero siempre era un saldo a favor. Siempre valía la pena pasar pellejerías, caminar sólo por el frío, con la brisa del puerto mojándome la cara y los lentes. Pasar por plazas y esquinas apretando con fuerza el celular y la billetera. Mirar a delante y caminar, nomás. Tomar colectivos y bajar rajao el cerro con un reguetón o la corazón de fondo. A veces rodrighino acompaña mis trasnochados regresos de carretes falsos, excusas inverosímiles para oler, esnifar y beber(te). Gente buena que nos salvó, que nos ayudó a ocultar, a tapar, a estar y dormir. Llamados que no nos llegaban asustaban y nos hacían correr por avenidas hasta tomar la 505 o el 7.
A veces me quedaba en lugares cercanos y solo bajaba a píe, sin miedo. Esas eran pensiones más cómodas, pero despertaba siempre, a cada rato y miraba el techo y me parecía todo desconocido y el insomnio se apoderaba de mi descanso. Prendía la tele y veía capítulos repetidos de una serie que nunca vi el final. Videos musicales de bandas que nunca pensé escuchar. Me levantaba al baño, me volvía a lavar los dientes y me acostaba boca abajo para oler el embriagador olor a detergente con que lavaban las gastadas sábanas de mi cama. Era mía porque pagaba. Era mía porque en ella hacíamos lo que hace la gente que es dueña de una cama.
Aún así, con todo, esas pensiones fueron mi hogar por casi dos años. Era de la casa, uno más del barrio. La gente de los quioscos y de las panaderías me saludaban. Los garzones se peleaban para atenderme y echarle mucha cebolla a mi completo. Allá empecé a fumar, a tomar, a comer cebolla con huevo, tomar coca cola y esperar a que salieras para ser felices. Me sentaba a mirar mis zapatillas esperando a que se abriera una ventana y fumarnos un cigarro en la esquina y volver a esperar otra hora. Miraba el cielo, el estero y pensaba en arrendar uno de esos departamentos que tocan las nubes sobre el cerro. Pero al final del fin de semana siempre me iba. Nunca me quedé. Me alejaba sin quererlo y mis vecinos fugaces me despedían. Entre las manos que se movían para decirme hasta pronto, ahí en el andén, veía la tuya y me daba cuenta que en santiago soy sólo un forastero.

1 comentario:

  1. Avise cuando publique una novela, para comprarla.

    (perdón por auto-linkearme)

    ResponderEliminar